Querido grupo.Os presento mi página de autor y las tres novelas que tengo publicadas con Círculo Rojo.
lunes, 10 de enero de 2022
viernes, 10 de diciembre de 2021
Y después de meses de trabajo, de corregir, de intentar que todo él sea perfecto, por fin llegó a casa mi nueva "criatura".
viernes, 23 de octubre de 2020
LOLA: MI HEROÍNA.
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De estatura mediana, cuerpo prieto, ojos azules, piel blanca y delicada como la de un hada. Andares garbosos, porte señorial hasta vestida con una bata. Pelo recogido en la nuca, ropas humildes, limpias y zurcidas. Se casó joven y se quedó viuda con 39 años y embarazada de ocho meses de su sexto hijo. Ella, mujer de hierro no se amilanó cuando sus familiares miraron para otro lado y se quedó sola, abandonada a su suerte, con la única ayuda de sus dos hijos mayores, de quince y trece años. Niños que hubieron de convertirse en hombres antes de tiempo. Trabajo duro, mitad de sueldo aunque trabajaran como el que más, y ni una sola queja. Ambos asumieron el desamparo y la orfandad con entereza, con valentía y decisión, con amor inmenso hacia su madre y sus hermanitos pequeños. Ella era el puntal sobre el que descansaba toda la carga, pesada y agobiante carga que a veces la ahogaba. Pero ella era especial y procuraba que sus hijos tuvieran ropa y comida porque en su casa nunca faltó un plato de comida en la mesa, aunque algunas veces conseguirlo se convirtió en un milagro. Arroz con bacalao, potajes, pucheros, migas, gachas, papas guisadas y cuando había algo de dinero un poco de pescado fresco. Estos eran los menús de las gentes pobres del campo. En navidades un gallo de corral o un conejo gordito. Y qué ricos sabían, qué olores mágicos y sabores inigualables dejaban en los paladares aquellas parcas comidas donde todo estaba medido: dos cucharones para los mayores, un cucharón para los pequeños y lo que sobraba, a veces apenas unas cucharadas, para ella. Una rebanada de pan y de postre, de vez en cuando, una naranja partida en gajos para compartir o unos granos de granada. La vida eran mañanas apresuradas, desayunos con fundamento. Los pequeños a la escuela, los mayores a trabajar y ella, ella con un canasto de ropa sobre su cadera a lavar al río. Regreso apresurado con la ropa lavada, dar de comer a los animales, limpiar la cuadra, la casa, el corral, las conejeras... El sol fulgurante en el firmamento le indicaba la hora. -¡Ay Dios mío, si ya son las doce! Y eran las doce, ella lo sabía sin necesidad de mirar ningún reloj. Prisas, agobios, encendido del fuego y sobre las chisporroteantes llamas la sempiternas trébedes y sobre ellas la olla de porcelana donde se cocería la comida de esa jornada. Cada día era una repetición del anterior, una lucha contra reloj para llegar a todo, para mantener el orden y la disciplina en su familia. Y nunca se quejaba: ni un lamento, ni una mala cara, ni un solo momento de flaqueza, porque ella asumía con resignación que ese era su destino. A veces, sus ojos azules destilaban tristeza, otras esperanza, las más orgullo, orgullo al ver a sus hijos crecer sanos y formales. Ni uno sólo se le torció porque ella supo ser afectuosa y severa cuando la ocasión lo requería. Y en su madurez, cuando los tuvo encauzados y a su hija pequeña con sus estudios universitarios terminados, cuando ya pudo descansar y dedicarse a ser feliz, su rostro de madona se dulcificó y se permitió el lujo de relajarse. Y cuando sonreía era como si el aire acariciara con alas de mariposas y cuando le brillaban los ojos eran como ventanas abiertas al infinito y por ellos asomaba el orgullo que sentía con cada logro de sus hijos y cada nieto que le nacía. Porque ella era lo más parecido a una heroína de película que yo he conocido y sus manos, esas manos que tanto trabajaron siguieron siendo blancas y finas, unas manos de princesa. Ella se llamaba Lola y era mi madre.
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martes, 1 de septiembre de 2020
La insoportable censura de «Feisbú»
Estimados lectores:
Es difícil entender en qué momento del camino hemos perdido el sentido de la proporcionalidad y los valores. La sociedad actual, carente de principios, se deja llevar por postulados extremistas en los cuales, las personas sensatas nos vemos inmersas, queramos o no, en una espiral de sinsentido donde cualquier comentario contrario a la moral imperante es examinado con lupa para facilitar el trabajo a los descerebrados censores de la red. Si no eres de izquierdas, piensas como ellos y actúas como ellos, no existes; mejor dicho, existes para que te ataquen, te insulten y te acusen de fomentar el odio y la discriminación. «Feisbú» y lo escribo mal a propósito, es un estercolero donde cada día vemos a la gentuza de Podemos insultando a los que no les ríen las gracias, les bailan el agua y comparten sus chaladuras. Vemos a políticos de ese grupo defendiendo a los okupas, esa gentuza que se adueña de las propiedades ajenas, o aleccionando a sus adeptos aconsejándoles que utilicen la violencia contra la Policía o fabriquen cocteles Molotov, etcétera, etcétera. Yo he visto videos del «Chepas», ese individuo que sufrimos a diario, que cobra de nuestros impuestos, y se está cargando nuestro Estado de Derecho, hablar pestes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, retratándose con terroristas asesinos, alineándose con lo peor, de lo peor, de lo peor, y que yo sepa nadie le ha bloqueado en esas cloacas que son Twiter y Feisbú. Y qué decir del Hombre Ego de la Moncloa y sus homilías, sus mentiras y sus dejaciones de funciones, o de tantos otros que nos insultan porque tenemos criterios propios, somos heterosexuales y tenemos una moral firme.
Feisbú es como el gran hermano malévolo que nos describía George Orwell en su premonitoria novela 1984. Sinceramente, creo que van a la caza de los librepensadores y de las personas de ideología liberar o de derechas. Lo que está pasando en España es terrible. Yo, que viví la dictadura de Franco, he de decir que, al lado de esta dictadura de la izquierda española, aquello era de risa.
Yo personalmente estoy siendo machacada por el «estercolero FB» (léase Feisbú), Hace unos meses hice un comentario sobre la situación de Venezuela y me bloquearon durante 24 horas. El día 30 hice otro comentario de lo más inocuo, contestando a una publicación sobre unas declaraciones de la ínclita ministra de igual-da, que da lo mismo, porque «las perlas» que salían de su boca en esos momentos eran para llorar, pero llorar de impotencia y de vergüenza. Según esa «señora» todos los seres humanos teníamos que sentirnos unisexuales, es decir, que porque a ella le ha dado un flux tenemos que actuar como hombres aunque seamos mujeres y comportarnos como mujeres aunque seamos hombres. Mi comentario sobre el tema fue que la sexualidad es algo libre y que cada cual tiene que encontrar su camino sin criminalizar a nadie y que ya está bien de marginar a los heterosexuales entre los cuales me encuentro. Resultado: tres días bloqueada. Y no se puede hacer nada porque estos inquisidores de la red ni siquiera te dan opciones. Una vergüenza y un asco.
Por mi faceta de escritora necesito tener páginas en Internet por lo cual estos sinvergüenzas, de alguna forma, van a conseguir sus fines. A partir de ahora he de ser cuidadosa porque el próximo castigo será una semana bloqueada. Demencial.
viernes, 5 de junio de 2020
IN MEMORIAM
Se han ido en silencio, tal vez demasiado, callados y resignados como vivieron. Hombres y mujeres anónimos, gente obrera, de barrio humilde, llegada de todos los puntos cardinales de España. Ellos formaron el vecindario de lo que fue el antiguo Barrio del Pilar, un barrio de edificios grandes y pisos pequeños, sin zonas verdes, ni líneas de metro o autobuses que facilitaran su acercamiento a otros barrios de Madrid. Ellos fueron los pioneros, los que sólo tenían el microbús M-3 para ir a la Plaza de Callao, un autobús chiquito y amarillo. Entonces no existía la Vaguada, ni la Ciudad de los Periodistas. Cuando ellos vinieron a vivir aquí era como ir al fin del mundo. Pero aquí se quedaron y aquí criaron a sus hijos, y echaron raíces: extremeños, andaluces, castellanos, leoneses, asturianos, gallegos, etcétera. Todos convivieron sin problemas haciendo que el barrio se pareciera un poco a sus pueblos, a sus queridos y, entonces, lejanos terruños. Y ahora se han marchado, se han ido casi por la puerta de atrás, sin que nos enteráramos, aunque sí se nota en el paseo y en los bancos que algo pasa. Ayer supe que la mortandad en nuestro barrio ha sido atroz: diecisiete fallecidos en sólo dos plazas: Verín y Corcubión, ocho en un solo portal de la calle Ponferrada, y así podíamos seguir.
Ya no veremos más a la señora Pepa, ni al señor Francisco, el de la panadería, ni al bonachón de Emilio, que se nos ha ido sólo con 50 años, ni a la recompuesta vecina que era siempre la primera en la peluquería y después, con el buen tiempo, acudía a su cita diaria con sus amigas de tertulia bien guapa y repeinada, o aquella otra que, empujando su andador, avanzaba renqueante hasta su banco favorito donde se sentaba a ver pasar la gente hasta que otra solitaria figura se sentaba a su lado y entonces se sentía menos sola, porque ya tenía con quien hablar. Simplemente iba a eso, a tener contacto con el mundo exterior, porque ese ratico en la calle rompía la monotonía de su vida y le hacía vivir por unos minutos la ilusión de que aún podía gozar de las pequeñas cosas que hacen la vida amable. Y el abuelito de espalda encorvada que se apoyaba en su bastón y, arrastrando los pies, se daba su paseíto, cortito, porque las piernas aguantaban poco. Luego se juntaba con otros jubilados en el solicitado banco de la esquina y charlaban de sus cosas. Y se reían, y contaban chistes mil veces contados, y miraban cuando pasaba una chica guapa y aún les brillaban los ojitos pensando eso que pensamos los mayores cuando nos damos cuenta de cómo pasan los años «¡Quién pudiera volver atrás!»
Y quiero que este obituario sea para todos ellos, para los numerosos vecinos de mi querido Barrio del Pilar, que se han ido sin que podamos consolar a sus familias. Porque como ser humano me aterra pensar cómo habrán sido sus últimos días en la frialdad de un hospital, solos, sin sus familiares, sin sus hijos y nietos. Aterrorizados, aferrándose a la vida que se les escapaba. Y lo hago simplemente porque me duelen sus muertes, y aunque no sepa sus nombres, ellos saben que este homenaje es para ellos, para todos sin excepción, porque todos eran importantes y un día fueron jóvenes y vivieron sus vidas y sus pasiones lo mejor que supieron.
Porque ellos fueron seres magníficos, valientes, importantes en su entorno, pedazos de humanidad, puñados de risas, personas serias y trabajadoras, con su puntito de locura, la dulzura personificada con sus nietos, el motor de su vejez. Esos eran ellos, personas importantes, a veces niños, a veces pasión, a veces libertad, otras espacios infinitos, pero sobre todo, seres entrañables a los cuales siempre tendremos presentes. Porque algún día seremos como ellos y comprenderemos sus limitaciones, sus enfados, sus preocupaciones y cuando nos miremos en el espejo no nos veremos a nosotros, sino a ellos, a nuestros magníficos abuelos, nuestros muertos del Barrio del Pilar. Descansen en Paz.
Ana Molina: escritora
05/05/2020
jueves, 7 de mayo de 2020
SE LLAMABA EMILIO
miércoles, 18 de marzo de 2020
SI PUDIERA AYUDARTE
Secarte los sudores que bañan tu cara
Si pudiera abrazarte con las alas del alma
Si pudiera esta noche aliviarte la carga
Si pudiera quitarte con mis manos la pena
La impotencia que sientes cuando todo te falla
Créeme, héroe anónimo, que con gusto lo haría
Pero ahora no puedo y por eso te envío
Un beso en la distancia, un sincero te quiero
Un poema sencillo para darte las gracias
Un recuerdo constante que me nace del alma
Mis héroes anónimos que se juegan la vida
Si pudiera llevarte junto a tu familia
Encerrada en tu casa, soñando mañanas
Donde todo sea fácil, alegre y ligero
Como un soplo de aire, cálido y liviano
Lo haría con gusto, mis nobles hermanos.
Ana Molina: escritora
18/03/2020





